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lunes, 28 de junio de 2010

El islam revolucionario en la globalización

Voces contra la globalización
Voces contra la globalización


Introducción

El proceso de secularización que tuvo lugar en los países de Europa occidental marca una gran diferencia con respecto al resto del mundo, pues allí fue donde comenzó a establecerse en el plano político y social una clara y neta distinción entre la autoridad espiritual y el poder temporal. El secularismo sería, a partir de entonces, un rasgo definitorio de la modernidad en la medida en que la política obtuvo su autonomía con respecto a la religión, y esta última terminó desempeñando un papel muy funcional como instrumento de poder al servicio de la política de las grandes potencias.
Para encontrar las raíces últimas de este fenómeno secularizador nos tenemos que remitir a los orígenes del cristianismo, y más en concreto a los mandatos morales generales que establece. Así pues, se prescribe al hombre ser de una determinada manera pero no se indica cómo deben aplicarse concretamente esas virtudes, de forma que la enseñanza religiosa general permanece en un nivel abstracto.1 Por esta razón ha cobrado sentido la existencia de una casta sacerdotal que, como intérprete de la verdad revelada, ha ejercido como intermediaria entre Dios y la comunidad de creyentes para la promulgación de dogmas. La Iglesia ha tendido históricamente a superponerse al poder político subordinándolo a la doctrina que ha ido produciendo fruto de su interpretación de la revelación, y ahí radican en gran parte las consecuentes rivalidades entre el Imperio y el Papado y, en definitiva, entre autoridad espiritual y poder temporal.
La interpretación y la mediación que ha emprendido la propia Iglesia sentando dogmas y creando doctrina ha implicado reducir la verdad revelada a la categoría de un instrumento de poder, de forma que dicha interpretación siempre ha sido llevada a cabo según sus propios intereses y muy en particular para someter al Imperio a sus propios dictados.
El enfrentamiento entre el Imperio y el Papado, la paulatina separación de la política con respecto a la religión, unido también al fenómeno de la reforma y a la aparición de diferentes guerras religiosas en Europa, dieron lugar a la formación del orden que se conformó de manera definitiva con la paz de Westfalia en 1648. Se estableció un nuevo sistema de Estados a nivel internacional que hará explicable la secularización de las relaciones internacionales y que servirá, posteriormente, para abordar las principales insuficiencias de este sistema a causa del creciente protagonismo de movimientos transnacionales de carácter religioso.
Si el cristianismo puede considerarse como una de las principales causas que originó la separación entre autoridad espiritual y poder temporal, y que, en suma, propició la secularización de la sociedad y de la política, encontraremos, por el contrario, que en el modelo de sociedad islámica ejemplarizado por Irán no existe distinción entre el ámbito espiritual y político. Por así decirlo, en el gobierno islámico religión y política conforman una misma y única realidad por la que la sociedad se organiza conforme a unos principios de origen divino.
En este contexto se tratará de analizar la importancia y el protagonismo que ha recobrado la religión en las relaciones internacionales, pero muy especialmente en lo que se refiere a la naturaleza de este nuevo actor que rompe con el orden posterior a Westfalia. Aquí es donde se tendrán en cuenta las principales diferencias que existen a nivel de principios entre un modelo de gobierno islámico, como es el caso particular de Irán, y el modelo secular que caracteriza a la modernidad y a los Estados occidentales.
Debido a la confluencia de diferentes factores, entre los que destaca el proceso de secularización en Europa occidental a finales de la Edad Media, unido a la expansión del capitalismo a lo largo del planeta, primero con el colonialismo y más adelante con la globalización, cabe plantearse el Islam como visión del mundo que se opone a esa realidad que se gestó, formó y consolidó en Occidente para después extenderse por todo el globo. Se hace necesaria, por tanto, una explicación que ahonde en el origen del Islam revolucionario como impulsor de un modelo social, político y económico cuyas raíces se encuentran en uno de los sucesores del Profeta Muhammad (PyB) según el chiísmo, el califa Alí, y que encuentra en la República Islámica de Irán su realización exitosa.
El secularismo, pero también el libre mercado, la desregulación económica, la implantación a escala mundial de la lógica de la búsqueda del máximo beneficio, y la instauración de las estructuras propias del capitalismo que establecen relaciones de dominación-explotación, han encontrado en el Islam revolucionario su mayor enemigo por cuanto constituye una fuerza social y política que aboga por la creación de un orden social cuyo fundamento se encuentra en la revelación divina, de la cual recaba su correspondiente legitimidad.
Por otra parte, debido a la desaparición del bloque socialista con el fin de la guerra fría se ha producido una reordenación del sistema internacional con la conformación de un unipolarismo en el que los EE.UU., como potencia global, han extendido su presencia e influencia a aquellas zonas del mundo que con anterioridad estuvieron integradas en el campo socialista, lo que ha tenido como objetivo consolidar su hegemonía mundial y preservar sus intereses. Además de esto, los propios EE.UU. han contribuido a acelerar y extender el proceso de globalización a aquellas regiones del planeta que hasta el fin de la guerra fría habían permanecido al margen del mismo.
El vacío ideológico dejado por el comunismo, la catástrofe geopolítica que supuso la desaparición de la Unión Soviética como proyecto alternativo hacia la modernidad diferenciado del Occidente burgués, ha hecho del Islam un nuevo referente ante las injusticias y las desigualdades producidas por el proceso de globalización del capitalismo. Pero juntamente con esto se encuentra el hecho de que, a diferencia de las ideologías modernas, el Islam confiere un sentido último a la existencia humana dado su origen divino. Asimismo, el Islam, como religión, constituye una poderosa fuerza social de carácter transnacional cuya influencia se extiende sobre unos 1.500 millones de personas, por lo que su proyección sobre las relaciones internacionales es incuestionable. Esto es más evidente en el caso de Irán, país que pese a ser mayoritariamente chií ha logrado eregirse en el principal referente de los musulmanes como modelo de sociedad islámica.
La exportación de la revolución islámica por parte de Irán al resto de los países de Oriente Medio ha sido concebida históricamente por los analistas como una forma de extender su influencia como Estado, pero dado el modelo de sistema político y social que representa, inspirado en la revelación divina hecha al Profeta Muhammad, se trata más bien de la proyección de un movimiento religioso revolucionario, como es el chiísmo, sobre los Estados de la región. Y en el contexto actual de la globalización es, dados los principios sobre los que se basa y la motivación religiosa que le impulsa, un foco de resistencia y oposición a dicho proceso y a todo el sistema nacido tras la paz de Westfalia.
El sistema de Estados tras la paz de Westfalia
La paz de Westfalia en 1648 supuso la victoria de la soberanía de los Estados como forma de autoridad política frente al Imperio y al Papado, lo que convirtió al Estado en el actor central de las relaciones internacionales. Pero las normas que emergieron en Westfalia no nacieron de la nada, sino que cuentan con sus antecedentes en lo que podría denominarse el proceso de formación del Estado-nación moderno. Esta circunstancia exige una explicación que conduzca, finalmente, a enmarcar en su correspondiente contexto histórico la consolidación del sistema internacional de Estados con la paz de Westfalia para, acto seguido, poner de relieve sus rasgos fundamentales.
La formación del Estado-nación se acostumbra a situar entre los siglos XV y XVI debido a una serie de factores económicos, culturales, militares, etc., que convergen exitosamente en la formación de un nuevo ente político-territorial superior a los antiguos feudos que prevalecieron durante la Edad Media.
En este sentido son bastante aclaratorias las explicaciones que ofrece Josep M. Vallès2 y que tomaremos como referencia para analizar las causas principales que generaron el Estado moderno.
A un nivel económico, debido a la consolidación del comercio a larga distancia se fue ampliando el marco territorial de las transacciones comerciales. Con el descubrimiento de América por medio de la navegación a través de los mares abiertos y la aparición de rutas transoceánicas se hizo evidente la necesidad de garantizar la seguridad del tráfico de mercancías, para lo que era preciso crear una instancia eficaz que regulase los conflictos que planteaba.
En un plano cultural e ideológico el Renacimiento ofreció una nueva visión del mundo clásico y de sus organizaciones políticas, lo que, frente a la fragmentación de los poderes feudales, evocaba la unidad política y su concentración en un soberano absoluto desligado de la tutela de la religión pero también de los pactos de los señores feudales.
El monopolio de la coerción en manos del monarca, quien personifica al Estado además de producir y aplicar la ley, facilita la aparición de una burocracia profesional al servicio del Estado que ya no se recluta exclusivamente entre la nobleza o el clero. Se hace evidente una progresiva concentración del poder en manos del monarca quien, a su vez, dispone de un cuerpo de funcionarios que ejecuta su voluntad.
En el ámbito de la violencia cabe decir que se produce el paso de una fuerza armada temporal por la que cada señor feudal reunía a su caballería según sus compromisos y posibilidades, a una fuerza permanente dotada con armas de fuego tanto ligeras como pesadas. La financiación de esta nueva organización militar y, consecuentemente, también de las guerras, exigió monopolizar en manos del monarca el control fiscal y la capacidad para establecer tributos.
Puede afirmarse que fue un proceso gradual de expropiación de los medios de dominación política lo que hizo posible la construcción del Estado moderno. Este mismo proceso anunciaba ya la desvinculación del poder político con respecto a la religión, lo cual no se haría del todo efectivo en el plano internacional hasta la paz de Westfalia. Hasta entonces la religión había jugado un papel significativo en las relaciones internacionales debido a que no existía una soberanía como autoridad suprema sobre un territorio, pues esta se encontraba compartida por los integrantes de una jerarquía que partía del Papa y el Emperador hasta los campesinos pasando por reyes, barones, condes, duques, etc. Con la reforma protestante los monarcas, la nobleza, el Emperador y el Papa, entre otros, lucharon para mantener la homogeneidad religiosa y para extender su particular fe sin respetar los límites territoriales, lo que inevitablemente produjo importantes guerras de religión. Sin embargo, con el nuevo orden surgido después de Westfalia se estableció el principio de no ingerencia en los asuntos internos de un Estado, de esta manera se impedía que un Estado intentara definir la relación entre poder político y religión más allá de sus fronteras.3
La religión, que antes había sido motivo de disputa entre los Estados que luchaban por preservar la homogeneidad religiosa en sus fronteras y extender su particular fe a otros países, dejó de ser desde entonces un actor internacional fundamental y pasaron a ser los propios Estados, que ya no reconocían ninguna otra autoridad superior a ellos mismos, fuese el Imperio o el Papado, los actores principales del sistema internacional.
A través del colonialismo el sistema nacido en Westfalia se hizo universal al extenderse al resto del planeta. Así fue como la soberanía del Estado pasó a ser la única forma de autoridad política que prevalece a lo largo del mundo. La independencia bajo la forma de Estado de los antiguos países colonizados contribuyó a consolidar este sistema internacional, y al mismo tiempo a caracterizarlo como un medio anárquico y hostil.
Es interesante destacar que juntamente con los hechos anteriormente descritos también se produjeron cambios significativos en el pensamiento político, sobre todo con el desarrollo de aquellas teorías políticas que contribuyeron de forma considerable a dotar a la política de su correspondiente autonomía con respecto a la religión. El realismo político encontraría aquí sus principales fuentes, de entre autores como Maquiavelo según el cual la sociedad se desarrolla en virtud de causas naturales y no en función de la voluntad divina, por lo que las fuerzas motrices de la historia son el “interés material” y la fuerza.4 La política tiene, por tanto, su propia lógica y dentro de esta perspectiva realista el Estado cuenta con sus propios intereses, lo que Richelieu denominó razón de Estado.
La perspectiva del realismo lleva a considerar que los Estados no se mueven por otra cosa que no sea su particular interés definido en términos de poder. La seguridad constituye, entonces, el principal motivo de preocupación de los Estados que utilizan sus recursos económicos para disponer de un poder militar con el que garantizar su integridad y existencia en el sistema internacional. El medio hostil en el que se desenvuelven los lleva a buscar más poder para asegurar su existencia. La supervivencia representa para algunos realistas la principal meta de los Estados, lo que no excluye que el poder pueda terminar siendo el único objetivo de determinadas potencias para garantizarse su hegemonía mundial.5
Sin embargo, dentro del esquema general que plantea el realismo para el análisis de las relaciones internacionales quedan totalmente excluidas aquellas otras motivaciones diferentes del mero interés definido en términos de poder, es decir, los Estados diseñan su política exterior en función de sus intereses objetivos y actúan racionalmente. Se obvian aquellas fuerzas sociales e históricas de carácter transnacional que operan más allá del control de los propios Estados pero que influyen en sus políticas y resultados.6 A esto hay que sumar la influencia de la religión, como es el caso del Islam revolucionario, que inspira la política exterior del Estado, como ocurre con Irán, llevándolo más allá de su mero interés con la promoción de un determinado sistema de vida y de un modelo de sociedad. El factor religioso pone entredicho la validez de los análisis realistas actuales, debido a que su creciente importancia en las relaciones internacionales niega el sistema de Estados surgido tras la paz de Westfalia y con ello la validez del realismo como teoría que se basa en el mero interés.
La Revolución Islámica en Irán
“Adán recibió palabras de su Señor y Éste se volvió a él. Él es el Indulgente, el Misericordioso” (El Corán 2:37).7 El Islam, al no aceptar el principio de la transmisión de la mancha del pecado original a la posteridad de Adán y Eva, ofrece una visión del hombre en la que este es un ser reformable. El hombre, entonces, solamente perdió el paraíso, pero es responsable únicamente de sus propios actos. A este respecto son significativas las siguientes aleyas: “(…) Nadie comete mal sino en detrimento propio. Nadie cargará con la carga ajena” y “que nadie cargará con la carga ajena” (El Corán 6:164 y 53:38).8 Al Islam le es inherente un profundo carácter revolucionario dado que considera posible reorganizar la condición humana a través de la ley divina manifestada en la revelación, lo que inevitablemente plantea todo un proyecto transformador que culminaría con la creación de un hombre nuevo y con el nacimiento de una nueva humanidad.
En el caso de la Revolución Islámica en Irán el proceso de transformación que se ha llevado a cabo con la instauración de una sociedad islámica tiene sus antecedentes en el chiísmo, la facción partidaria de Alí como legítimo sucesor del Profeta. Esta corriente del Islam se distingue por considerar a Alí, primo y yerno del Profeta Mahoma, la figura que debió haber ocupado el lugar que dejó Muhammad tras su muerte, debido a que fue la primera persona en convertirse al Islam. A esto habría que sumar, según el chiísmo, la existencia de hadices que confirmarían el incuestionable conocimiento de Alí en materias relacionadas con las ciencias islámicas que lo capacitarían para sustituir a Muhammad.9
Asimismo, es importante destacar que dentro del chiísmo se asume el imamato como forma de liderazgo de la comunidad de creyentes. Con la muerte de Alí a manos de un jariyí, facción que tiene su origen en una escisión dentro del chiísmo fruto de la disputa entre Muawiyah y Alí para la dirección de la comunidad,10 el chiísmo tomó como referente a Hussain, hijo de Alí, y primer Imam, quien fue martirizado en Kerbala. La importancia del martirio del Imam Hussain radica en el hecho de que significa para el chiísmo un ejemplo de lucha y sacrificio por unos ideales que, según esta corriente religiosa, se identifican con la revelación dada por el Profeta Mahoma. Por otro lado, el imamato constituye la estructura de dirección de la comunidad que preserva y proyecta sobre el futuro el modelo islámico de sociedad, un aspecto que le confiere un carácter revolucionario al Islam chií unido a su contenido escatológico con el retorno del duodécimo Imam Al-Mahdi.
Lo importante en el caso de Irán es destacar el protagonismo de la religión ya que el modelo de sociedad y de sistema político que representa tiene su fundamento y legitimidad en el Islam. La leyes sobre las que se basa y organiza la República Islámica no son obra de los hombres, sino que son la aplicación práctica de la revelación divina transmitida a través del Profeta Muhammad. El gobierno islámico resulta ser, entonces, el mecanismo de administración que pone en práctica ese conjunto de leyes recogidas en el Corán, y que organiza según ese criterio a la sociedad. Referente a esta cuestión son significativas las palabras del Imam Ruhollah Jomeini:
“Un cuerpo de leyes exclusivamente no es suficiente para reformar una sociedad. Para legislar asegurando la reforma y felicidad del hombre, debe existir un poder ejecutivo y un ejecutor. Por esta razón, Dios Altísimo, además de revelar un cuerpo de leyes (las regulaciones de la Shari’a), ha establecido una forma de gobierno particular junto con instituciones administrativas y ejecutivas.”11
Pero habría primero que hacer una precisión acerca de cómo entiende el Islam la libertad, y cómo a partir de este principio cobra sentido y razón de ser la vigencia en el plano político de todo un cuerpo de leyes y normas cuyo origen divino los hace incuestionables y, por tanto, legítimos.
En Occidente, fruto de su particular devenir histórico, la forma en que la libertad ha terminado siendo concebida fue consecuencia del influjo del modernismo y muy especialmente de la ideología liberal. Se trata de una libertad negativa, de no dependencia. Un tipo de libertad que deriva del hecho abstracto y elemental de ser simplemente hombre, un tipo de libertad que se manifiesta hacia el exterior, vuelta hacia lo útil y particular.12 Es, en definitiva, una libertad de hacer y actuar, mientras que el Islam contempla la libertad en unos términos muy diferentes si no opuestos.
En el Islam la libertad personal se entiende como la sumisión a la voluntad divina. Esto consiste en el abandono personal a la voluntad de Dios, abandono llevado a cabo de forma voluntaria. Es importante la siguiente cita que de algún modo viene a confirmar esta idea: “No cabe coacción en religión” (El Corán 2:256). El ser humano al estar hecho a imagen de Dios participa en la libertad divina en la medida en que se someta a su voluntad.
El reconocimiento y la aceptación de “|…| la ley como una encarnación de la Voluntad divina, como una realidad trascendente que es eterna e inmutable, como un modelo |…|”13, lo que la hace universal, válida para todo tiempo y lugar, confieren al sistema islámico, y más en concreto el que actualmente existe en Irán, una legitimidad y validez incuestionable a nivel de principios. El ejemplo de Irán es paradigmático en la medida en que la actual constitución que dio origen al régimen islámico fue aceptada por la mayor parte de la sociedad en referéndum, pero su legitimidad en último término se encuentra en el origen divino de los principios que inspiran dicha ley.
El gobierno islámico suprime la diferencia que existe entre autoridad espiritual y poder temporal propia de Occidente, ya que el gobierno administra la sociedad conforme a las leyes que establece el Corán. Jomeini recalca que “|…| en el Islam el poder legislativo y la competencia para establecer leyes pertenecen exclusivamente a Dios Altísimo” y que “nadie tiene derecho de legislar y no se debe ejecutar otra ley que la del Divino Legislador”, es por esta razón que en el gobierno islámico “|…| un simple organismo planificador toma el lugar de la asamblea legislativa, siendo una de las tres ramas de gobierno”. Es así como la ley “tiene autoridad absoluta sobre todos los individuos y el gobierno islámico” ya que “|…| la soberanía pertenece a Dios únicamente y la ley es su decreto y mandato”. En lo que a esto respecta se puede concluir que el gobierno islámico es constitucional “|…| en el sentido que los gobernantes están sujetos a cierto tipo de condiciones para gobernar y administrar el país, condiciones contenidas en el Noble Corán y en la Sunna |…|”. “El gobierno islámico, por tanto, se define como la autoridad de la ley divina sobre los hombres”.14
Existe, pues, una diferencia a nivel de principios entre un régimen islámico como el de Irán, en el que la ley divina opera como criterio organizador de una determinada forma de gobierno, y el caso de Occidente, donde la legitimidad de los regímenes que allí imperan no tiene un origen divino, sino que acostumbra a ser, en el mejor de los casos, resultado de la voluntad de la mayoría.
Se puede decir que en el modelo de gobierno y sociedad que ofrece el Islam revolucionario se da una relación en términos de identidad con el tipo de sistema político de Platón. Más allá de la correlación que existe a nivel filosófico y metafísico entre el Islam chií y el sistema de pensamiento de Platón confirmada por estudiosos como Henry Corbin, es evidente que la reforma del ser humano a nivel individual es el presupuesto necesario para la reforma de la sociedad.15 La búsqueda del Bien como idea suprema se expresa, en el caso del Islam, a través del sistema de vida que prescribe la ley divina recogida en el Corán, lo que permite, en definitiva, restablecer la relación analógica entre el mundo divino y el humano. La Justicia como idea-valor viene expresada a través de la ley divina, y aplicada a nivel de cada individuo permite que dicha idea-valor impere también a nivel social. La comunidad de creyentes organizada políticamente mediante un gobierno islámico no sería otra cosa más que la imagen agrandada del creyente.
La consecución de la felicidad como meta suprema para el Islam, pero también presente en la filosofía de Platón, sólo es posible cuando el principio de Justicia se ha realizado a nivel individual, lo que elimina cualquier diferencia ontológica entre este y la comunidad. Si en términos platónicos “la justicia en el alma constituye el presupuesto del ascenso a lo divino |…| lo que es moral individual |…| se convierte en una ética absoluta |…|”[16] en el seno del Estado, en el caso del Islam, como ortopraxis del buen hacer que regula todas las materias de la vida personal17, la ética individual se objetiva en la forma de un gobierno islámico para el conjunto de la comunidad de creyentes.
“El Islam es una religión de individuos militantes, que se han comprometido con la verdad y la justicia. Es la religión de aquellos que desean la libertad y la independencia; es la escuela de quienes luchan contra el imperialismo”.18 El carácter normativo del Islam empuja, tal y como explica Jomeini, a que sus creyentes luchen por el establecimiento de un sistema de gobierno acorde con los principios y valores del Islam.
En el plano internacional lleva, inevitablemente, a romper con el sistema de Estados nacido tras Westfalia por cuanto la religión no sólo interviene en los asuntos internos de un país, sino que se termina proyectando sobre otros Estados para cambiar sus respectivos sistemas políticos y transformarlos según los preceptos del Islam.
“Para obtener la unidad y la libertad de los pueblos musulmanes, debemos derrocar a los gobiernos opresores instalados por los imperialistas y hacer que exista un gobierno islámico de justicia que esté al servicio del pueblo”.19 Evidentemente, e históricamente está demostrado, ninguna sociedad y ningún proceso puede ser aislado del medio internacional en el que se encuentra, como es el caso de la Revolución en Irán.20 La extensión de la Revolución a los países de la región se intentó a través de grupos de diferente índole que operaron, y todavía hoy operan, en diferentes contextos con el objetivo de influir en las políticas de los gobiernos y, en última instancia, adecuar los sistemas políticos de estos países al modelo islámico representado por Irán. Así, el principio de no ingerencia sobre los asuntos internos de un país queda puesto entredicho y la religión vuelve a recobrar su protagonismo perdido.
“Aconsejo a las naciones musulmanas que tomen como ejemplo el Yihad (la Lucha Sagrada por la causa de Dios) del pueblo iraní y de la República Islámica, y que aniquilen a sus propios crueles gobernantes en el caso que no atiendan las demandas de sus pueblos, que son las mismas demandas de la nación iraní”.21
Aunque la Revolución fue una particular combinación de elementos tradicionales y modernos que le confirieron su correspondiente originalidad a nivel histórico22, lo que de moderna tuvo fueron la organización y los medios a través de los que se llevó a cabo así como las condiciones materiales correspondientes al contexto histórico en el que tuvo lugar. Sin embargo, los aspectos modernos de la Revolución estuvieron en cualquier caso supeditados a la idea motriz que impulsó el proceso revolucionario, es decir, se mantuvieron subordinados a aquella visión del mundo que inspiraría los cambios que darían lugar a la formación de la República Islámica.
Por otra parte es evidente que la Revolución en Irán también conllevó tensiones entre el nacionalismo y el internacionalismo, o por decirlo de otro modo, entre los intereses del Estado y la solidaridad internacional.23Umma significó la proyección de la Revolución más allá de las fronteras iraníes, lo que irremisiblemente chocó con los intereses no sólo de los regímenes adyacentes sino también con los del mundo Occidental, y muy en particular los de Estados Unidos y la entidad sionista. Esta contradicción ha persistido históricamente en mayor o menor grado, pero ello no ha impedido que a nivel internacional se denunciara el nacionalismo como forma de fragmentación colonialista y como obstáculo para el desarrollo del Islam. La primacía del factor religioso ha relativizado los intereses del Estado, pues la política exterior ha pasado a estar dirigida y condicionada por la visión del mundo sobre la que se funda la República Islámica. La búsqueda de la unidad de la
En cualquier caso, y dada la naturaleza revolucionaria del Islam, la religión ha recuperado su protagonismo en las relaciones internacionales al influir en los asuntos internos de los Estados, sus políticas y su organización. Se trata de un fenómeno para el que las fronteras de los Estados resultan algo extraño, y ha contribuido a articular un nuevo transnacionalismo mediante los grupos no gubernamentales cuya principal actividad es la promoción de una fe, y como es en el caso de Irán la promoción de un modelo político y social islámico en oposición al sistema secular occidental y su correspondiente modelo socioeconómico.
El Islam revolucionario como foco de resistencia a la globalización
“«Revolución» es «re-volver», es decir regresar a los Orígenes, pero no antes de haber completado su Ciclo, su rotación su astronómica «re-evolución»”.24 Si entendemos que todo Origen tiene un carácter sagrado, el Islam es revolucionario porque precisamente plantea la reforma del hombre, su restitución al estado primigenio de armonía con Dios. En el caso de Irán la Revolución fue una vuelta a una situación en la que el orden social y político tiene una inspiración divina al regirse según la sharia, lo que es, en definitiva, volver a los orígenes del Islam que, hasta ese momento, había sido pervertido, desnaturalizado y desvirtuado.
Lo que en este apartado se tratará de poner de relieve es la natural oposición, en términos de identidad, entre el sistema político islámico imperante en Irán y el modelo que Occidente ha exportado al resto del mundo por medio de la globalización. Todo esto ha quedado en cierto modo demostrado con la ruptura que ha efectuado la religión con el sistema de Estados westfaliano, pero más en particular cómo tras el fin de la guerra fría el Islam, y en este caso el modelo revolucionario que ofrece Irán se ha constituido en el principal foco de resistencia a la globalización.
“|…| el Islam bien entendido hace que el marxismo sea superfluo. El Profeta ya habló de los mustazafín, de los miserables y desheredados, mucho antes de que se inventara la expresión «proletario»”.25 Sin duda alguna el Islam ofrece la imagen de un Dios que toma partido por los pobres, los oprimidos y desamparados, para los cuales ha previsto un conjunto de leyes que se encuentran recogidas en el Corán. Además de esto, el modelo de sociedad que plantea el Islam impide la concentración de la riqueza y su monopolio, y somete a un fuerte control social el empleo de la propiedad privada y proscribe la práctica de la usura. La búsqueda de la justicia social forma parte intrínseca del mensaje del Islam, por lo que las formas de explotación y dominación económica se oponen al mismo. Juntamente con esto, tanto la pobreza como el lujo encuentran una profunda reprobación en el Islam, por lo que se trata de un modelo que tiende a establecer una considerable igualdad social.
Unida a la preocupación económica y social del Islam ante las desigualdades que produce el sistema capitalista, también se encuentra una profunda crítica hacia otra forma de imperialismo como puede ser el cultural, tan propio de la globalización, el mismo que tiende a expandir la pseudocultura del mercado originada en Occidente y a propiciar la aparición de un melting pot global que destruye la personalidad de los pueblos. Íntimamente unido a esto se encuentra, también, un complejo de inferioridad que conduce en muchas ocasiones a asumir ciegamente lo ajeno.
“Una de las conspiraciones más graves que provocara, lamentablemente, efectos devastadores en todas las naciones incluso la nuestra, es la alienación y enajenación de los pueblos de los países colonizados de sus genuinas esencias e identidades, que tienen como modelos al Este y al Oeste, y consideran a las superpotencias como pertenecientes a una raza y cultura superior a la propia”.26
Queda patente, entonces, la clara y natural oposición que existe a nivel de principios entre el mundo Occidental, donde impera el secularismo y las leyes son obra de los hombres, y de un modelo representado por el Islam revolucionario en Irán en el que el derecho constituye un mandato divino que da lugar a un sistema de vida social, económico, cultural y políticamente contrario al occidental. Es necesario destacar que la oposición que pueda existir entre el Islam y la globalización resulta ser más un producto de la incompatibilidad de esta última si la entendemos como la expansión de un modelo de sociedad enemigo de cualquier Absoluto, más que una incompatibilidad del propio Islam.
Si el comunismo mostró claras insuficiencias que lo llevaron irremisiblemente al colapso y, con ello, a la desaparición de todo el bloque socialista, el Islam, por el contrario, no sólo se muestra como un modelo en el que no tienen cabida las injusticias sociales y donde se persigue acabar con la pobreza y la opresión, sino que, a diferencia de las ideologías modernas, confiere un sentido último a la existencia del ser humano. Se puede decir que “el Islam «confiere a la vía revolucionaria una dimensión espiritual y moral, ausente en la doctrina marxista-leninista burocratizada; [por ello] es la punta de lanza de la aspiración revolucionaria»”.27
Con el desmoronamiento de la Unión Soviética se vino abajo no sólo el orden del sistema internacional regido hasta entonces por el bipolarismo, sino que al mismo tiempo se produjo la difuminación y desaparición de todo el marco de referencia teórico e ideológico del movimiento revolucionario internacional.
La desaparición del bloque socialista significó para Occidente la desaparición de su enemigo histórico durante el siglo XX, lo que hizo necesario la búsqueda de un nuevo enemigo equiparable a lo que el comunismo había sido en el pasado. El mejor candidato ya estaba ahí, al que fácilmente se le intentó reducir a las categorías del pensamiento moderno equiparándolo en algunos aspectos a lo que había sido el comunismo con su internacionalismo, su carácter utópico, su dimensión escatológica, y su naturaleza revolucionaria.
La voluntad transformadora de la condición del hombre que se encontraba presente en el comunismo también se encuentra en el Islam, en la medida en que este aspira a llevar a cabo la reforma del hombre para devolverle al camino recto. “|…| los islamistas radicales consideran la historia como el preludio de un mundo nuevo. Todos están convencidos de que pueden reorganizar la condición humana. Si existe un único mito moderno es este”.28
Algunos autores no dudan, como ya se acaba de explicar, en equiparar algunos aspectos del comunismo a determinados rasgos del Islam como puede ser su relación con la utopía estableciéndose, tras la guerra fría, como una utopía de sustitución. La influencia del Islam se reflejará a un nivel local con redes de solidaridad y con la articulación de una sociedad civil, todo ello debido en gran parte ante la dificultad de operar a nivel de Estado. La esfera local rebasa los límites políticos del Estado y supera a nivel internacional las fronteras que, en el caso de Oriente Medio, son una herencia del colonialismo occidental.
Con la desaparición de la Unión Soviética se planteó qué oponer al sistema, al núcleo central del mismo conformado por su ideología legitimadora. El comunismo, fuertemente desacreditado y ampliamente rebasado por la historia dejó de ser una alternativa, y el Tercermundismo tuvo sentido únicamente durante la descolonización. El avance de la globalización y sus estragos en las economías nacionales con la creación de grandes desigualdades y la formación de enormes bolsas de miseria y pobreza, ha producido las condiciones objetivas para que el Islam, como religión de los pobres y oprimidos, cobre fuerza en el mundo, y muy en particular en la periferia política y económica.
El internacionalismo que propugnó el comunismo en el pasado ha sido sustituido por la universalidad del Islam, cuyo mensaje es válido para todo tiempo y lugar. Una fe capaz de unir a pueblos diferentes bajo un sistema de vida común hacen de ella una fuerza transnacional de primera magnitud. Las diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, etc., son superadas a través de una fe que se manifiesta por medio de una praxis, un modo de vida, que sienta las bases de un nuevo orden social.
La dimensión escatológica del comunismo con su mesianismo proletario y las reminiscencias de milenarismo heredadas del socialismo utópico, son el reflejo de la mentalidad moderna por intentar superar la historia de forma definitiva e integrar al ser humano en una Arcadia dorada. Asimismo, también en el Islam se encuentra muy presente esa dimensión escatológica, y muy en especial en el chiísmo. El retorno del Mahdi, el Imam de la Ocultación, que restaurará la tradición originaria en su más auténtica pureza conduciendo a la humanidad hacia el reino de la justicia y la fraternidad marca, también, un notable paralelismo con el comunismo y su mesianismo proletario.29
Con estos paralelismos que existen entre el comunismo y el Islam no se pretende realizar ninguna equiparación entre ambas cosmovisiones, ya que cada una de ellas remite en última instancia a realidades opuestas: en un caso al materialismo histórico, en el otro al tawhid, la existencia de un único Dios. En todo caso fue Occidente, y en particular los EE.UU., quien efectuó esa equiparación filosófica e ideológicamente imposible entre comunismo e Islam para presentar a este último como un enemigo igualmente peligroso y temible para la “civilización” y el “mundo libre”.
Irán se convirtió en un referente para gran parte del mundo musulmán por cuanto plantó cara a los EE.UU. y manifestó una clara y franca oposición a la entidad sionista. A diferencia de los países vecinos que se encuentran alineados con los intereses de EE.UU., Irán, como país mayoritariamente musulmán aunque chií, ha conseguido la simpatía de gran parte de la población musulmana cuyos gobiernos, en su mayoría, siguen los dictados occidentales. En todo esto se refleja cierta coherencia entre la política exterior iraní y los principios sobre los que se asienta el sistema de gobierno.
Aunque algunos autores han llegado a plantear que a nivel de Estado y en lo que a intereses se refiere existen coincidencias entre EE.UU. e Irán30, el factor ideológico sigue primando en la conducción de la política exterior en los asuntos internacionales. En un caso, EE.UU., como potencia exportadora del proceso de globalización, de apertura de mercados y liberalización que implican, finalmente, el saqueo de recursos naturales, económicos y humanos de los diferentes países para someterlos a los intereses de corporaciones globales. En el otro, Irán, como potencia regional situada estratégicamente en una región rica en hidrocarburos pero que, a su vez, da acceso a Asia Central, a la región geopolítica del heartland. Por un lado nos encontramos con un modelo de pseudocivilización materialista que defiende la separación entre religión y política, en el que la primera se utiliza para justificar determinados objetivos de la política exterior. Por otro lado, el modelo islámico de Irán, cuyo fundamento es esencialmente religioso, ha logrado proyectar más allá de sus fronteras el mensaje de su Revolución encontrando adhesiones en los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Modelos antagónicos a un nivel de principios: por una parte, en Occidente, la religión constituye un instrumento de poder al servicio de la estrategia de las potencias en su afán de dominación; por otra parte, en el caso de Irán, potencia militar e ideológicamente cercada, la religión organiza y articula todo un sistema, lo que establece una correlación entre sus fundamentos y su práctica cotidiana sin dejar de operar como elemento movilizador y aglutinante de gran parte de la sociedad.
Conclusiones
La secularización como proceso que originó la separación entre religión y política en Occidente ha hecho que Estados, organizaciones internacionales, partidos, individuos, etc., persigan objetivos distintos de la promoción y expansión de una religión, o fines carentes de motivaciones religiosas.31
El modelo de República Islámica que representa Irán contradice toda la lógica westfaliana, la religión cobra nuevo protagonismo al ser el criterio en función del que se organiza la sociedad y el gobierno. El Estado, como máxima entidad política no deja de ser, entonces, un instrumento para poner en práctica la voluntad divina con la aplicación de las leyes que conforman la sharia. Por tanto, el Estado, como instrumento al servicio del gobierno islámico, desarrolla una política exterior en la que sus intereses particulares tienden a ser subordinados a la consecución de objetivos con motivaciones religiosas o, en último término, a extender a otros países su modelo de sociedad.
Asimismo, Irán, como modelo de Islam revolucionario se enfrenta a aquellos aliados de Occidente que sostienen un Islam reaccionario, como puede ser el caso de Arabia Saudí, donde la religión de Estado es el wahhabismo, instrumento de poder desarrollado durante la época colonial para justificar el poder de la realeza y su política servil a Occidente. El punto de vista de Irán con respecto a estos casos de Islam reaccionario no puede ser más ilustrativo, ya que reflejan la perversión y desviación del auténtico Islam para justificar políticas anti-islámicas.
“|…| el rey Fahd (de Arabia Saudita) gasta enormes sumas del tesoro público para imprimir esta clase de Corán y difundir el uahabismo, una ideología anticoránica totalmente carente de fundamentos y que es además un culto supersticioso, atrayendo de este modo a los pueblos y naciones desinformados a respaldar a las superpotencias. Así, (con este artificio) el noble Islam y el Sagrado Corán son utilizados precisamente para ser destruidos”.32
Pese a la aparente ortodoxia y pureza del Islam reaccionario y gran parte de los fundamentalismos contemporáneos, todos estos contienen elementos claramente modernistas que los distancian considerablemente del mensaje del Islam tradicional.33 Por el contrario, el Islam revolucionario se ha planteado siempre una vuelta a los orígenes del Islam, a su esencia, para reformar al hombre y con ello a la sociedad.
El mensaje del Islam revolucionario, con un fuerte contenido social, ha calado en muchos sectores de las sociedades sometidas a la opresión económica del capitalismo que ha engendrado fuertes desigualdades sociales. Irán puede desempeñar el papel de potencia regional en Oriente Medio, pero su mensaje religioso y revolucionario está limitado debido a que el mundo musulmán es predominantemente sunní. Sin embargo, y pese a esta circunstancia, es un claro ejemplo de sistema de gobierno cuya naturaleza “ideológica” lo convierte en un enemigo objetivo de un Occidente cuyos objetivos están determinados por la lógica de la búsqueda del interés material, un interés que en la globalización se define en términos de poder económico y militar. Frente a esto, y sin obviar los intereses coyunturales del Estado, Irán desarrolla una lógica en la que las motivaciones religiosas están muy presentes: Hezbollah en el Líbano, la causa Palestina, el apoyo a la liberación de los pueblos, etc.
Si entendemos por globalización el proceso de expansión a escala planetaria del modelo económico del capitalismo y el libre mercado, unido a su infracultura comercial que tiende a reducir a un mínimo común denominador las culturas de los pueblos hasta desnaturalizarlos y despersonalizarlos, la República Islámica de Irán constituye en el plano de las ideas, pero también a nivel geopolítico, el principal foco de resistencia y la vanguardia de una visión del mundo que se opone a la lógica del interés material y económico, la misma que crea estructuras de explotación y alienación para someter a todos los pueblos del mundo. Si el s. XX fue el siglo de la utopía comunista, el s. XXI será el siglo de la religión de los mustazafín, de los pobres y desheredados, el siglo del Islam.
Notas
[1] Nasr, Seyyed Hossein, Vida y pensamiento en el Islam, Barcelona, Herder, 1985, p. 40
[2] Vallès, Josep M., Ciencia Política. Una introducción, Barcelona, Ariel, 2004, pp. 85-86
[3] Philpott, Daniel, “The Challenge of September 11 to secularism in international relations” en World Politics Nº 1, Vol. 55, 2002, 73-74
[4] Mark M. Rosental y Pavel F. Iudin, Diccionario de filosofía, Madrid, Akal, 1975, p. 291
[5] Mearsheimer, John J., “Anarchy and the struggle for power” en The Tragedy of Great Power Politics, Chicago, Norton, 2001, pp. 29-40 y 46-53
[6] Halliday, Fred, The Middle East in International Relations. Power, Politics and Ideology, Cambridge, Cambridge University Press, 2005, p. 229
[7] El Corán, Madrid, Editora Nacional, 1984, p. 84
[8] Ibídem, pp. 212 y 612
[9] Tabataba’i, Allamah, “The Historical Growth of Shiism” en VV.AA., Expectation of the millennium. Shi’ism in History, Nueva York, State University of New York Press, 1989, pp. 132-153
[10] Shahabi, Mahmud, “The Roots of Shiism” en VV.AA., Shi’ism. Doctrines, Thought, and Spirituality, Nueva York, State University of New York, 1988, pp. 14-19
[11] Morales, Gustavo, El Irán del Imam Jomeini, Madrid, Biblioteca Universitaria, 1988, p. 85
[12] Freda, Giorgio, La desintegración del sistema, Bilbao, Ediciones Joven Europa, 2006
[13] Nasr, Seyyed Hossein, Op. Cit., N. 1, p. 40
[14] Morales, Gustavo, Op. Cit., N. 11, pp. 101-102
[15] Freda, Giorgio, “El verdadero Estado según Platón” en Evola, Julius, El Estado Tradicional, Buenos Aires, Ediciones Heracles, 2002, pp. 144-153
[16] Ibídem, p. 151
[17] Halliday, Fred, Op. Cit., N. 6, p. 212
[18] Morales, Gustavo, El Irán…, N. 11, p. 72
[19] Ibídem, p. 95
[20] Halliday, Fred, The Middle East…, N. 6, p. 232
[21] Jomeini, Ruhollah, Testamento Político y Religioso del Líder de la Revolución Islámica y Fundador de la República Islámica del Irán, Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Islámica del Irán, p. 22
[22] Halliday, Fred, Islam & the Myth of confrontation. Religion and politics in the Middle East, Londres, I. B. Tauris, 1995, p. 47
[23] Halliday, Fred, The Middle East…, N. 6, p. 242
[24] Terracciano, Carlo, Rebelión contra el mundialismo moderno, Madrid, S.O.S. Libros, p. 27
[25] Scholl-Latour, Peter, Alá es grande. Encuentros con la revolución islámica, Barcelona, Planeta, 1984, p. 418
[26] Jomeini, Ruhollah, Op. Cit., N. 21, p. 24
[27] Verstrynge, Jorge, La guerra periférica y el Islam revolucionario. Orígenes, reglas y ética de la guerra asimétrica, España, El Viejo Topo, 2005, p. 65
[28] Ibídem, pp. 58-59
[29] Duguin, Alexandr, “Los paradigmas del fin” en Nihil Obstat Nº 5, 2005, pp. 55-56
[30] Sadjadpour, Karim, “Treinta años después ¿cómo acercarse a Irán?” en Política Exterior Nº 127, Enero-Febrero 2009, Vol. XXIII, pp. 93-104
[31] Philpott, Daniel, Op. Cit., N. 3, p. 69
[32] Jomeini, Ruhollah, Op. Cit., N. 21, p. 8
[33] Nasr, Seyyed Hossein, Traditional Islam in the Modern World, Londres, Kegan Paul International, 1990, pp. 11-26

"El islam hubiese salvado a Michael Jackson"


Jermaine y su hermano Michael Jackson.
Jermaine y su hermano Michael Jackson.
Jermaine Jackson, hermano mayor del rey del pop, dijo en una entrevista exclusiva con la BBC que si Michael Jackson "se hubiese convertido al Islam todavía estaría aquí".
Al cumplirse un año de la muerte de la estrella de la música pop, Jermaine le dijo al periodista Ed Butler del Servicio Mundial de la BBC que siempre sentió que era el protector de Michael Jackson.
Jermaine aseguró que su hermano se puso a estudiar mucho el islamismo. "Leía mucho porque le traje libros de Arabia Saudita. Le traje libros de Bahréin. Yo fui el que originalmente lo llevó a Bahréin porque quería que se fuera de Estados Unidos ya que le habían hecho pasar un mal rato", dijo.
Sin embargo, Michael no se hizo musulmán.
La influencia
Para Jermaine eso no significa que "no quería convertirse".
"Todos sus guardaespaldas se hicieron musulmanes porque él confiaba en el Islam, porque esas personas están dispuestas a dar la vida y también intentaban ser los mejores seres humanos posibles no por Michael Jackson, sino por Alá. De manera que al tener a estas personas de cerca ya sabías que estabas protegido porque esa es la protección de Dios", señaló Jermaine.
El hermano mayor puntualizó que "Michael estaba sumamente preocupado con el hecho de que muchos niños en todo el mundo se van a la cama sin comer".
Eso trajo a colación las acusaciones de abuso de menores que tuvo que enfrentar el cantante ante la justicia estadounidense.
"Él fue absuelto de todas las acusaciones", dijo Jermaine cuando se le preguntó si él creía que su hermano era capaz de actuar así.
"El niño Jordan Chandler vino y dijo que nunca lo había tocado. Su padre se suicidó. Y es a eso lo que me refiero cuando hablo de un ataque mediático contra mi hermano para avergonzarlo en todo el mundo por algo que no había hecho", dijo Jermaine.
No lo amaron en vida
"Aún así hay mucha gente que no lo cree. El amor que le brindan a mi hermano ahora que murió es el amor que deberían haberle demostrado cuando estaba vivo. El FBI investigó a mi hermano durante 17 años y no encontró nada.

Y terminaron por reivindicarlo después de su muerte. De manera que esa es la mierda que hace EE.UU. Eso es una mierda. Digo claramente que le deberían haber dado lo que él merecía cuando estaba vivo. Eso le hubiera hecho sentirse mejor en su corazón", señaló Jermaine.
Al cumplirse un año del fallecimiento de su hermano la vida "ha sido difícil".
"No hay palabras para describir ese sentimiento. Es un sentimiento que sólo puedes entenderlo una vez que has pasado por eso. Estamos aprendiendo a vivir con eso. Nunca vamos a superarlo y es muy difícil", señaló el hermano mayor.
Jermaine dijo que echa de menos a su hermano y que la "sanación viene de entonar canciones, aceptar premios en su nombre, rendirle tributo y hacer cosas por el estilo".
"Tu tienes que acordarte de todas las cosas buenas que hizo y lo que sigue haciendo e inspirando a través de su música y su creencia en que había que intentar transformar a este mundo en una sola cosa", agregó.
Portavoz de la familia
Jermaine se convirtió en el portavoz de la familia tras la muerte de su hermano.
"No me gusta escuchar cosas de mi familia que no son ciertas. Me molesta mucho. Tengo que decir algo y hacerle saber al mundo que eso no representa quienes somos. Y cuando los medios se van por la tangente me toca enderezarlos", según Jermaine.
El hermano mayor comparó a Hollywood "con una mujer guapa con una herida en una de sus mejillas. Si la besas te vas a infectar. Eso es Hollywood".
"Todos los que te golpean en la espalda no son tus amigos. Y entendieron a Michael después de que se fue. No lo comprendieron mientras estaba ahí", agregó.
Por último habló de la importancia del papel de la familia Jackson para todos sus integrantes.
"Ante todo somos una familia, antes que toda esta música y el éxito. Somos una familia. Éramos una familia antes de eso e incluso si todo esto llegara a desaparecer seguiremos siendo una familia", dijo Jermaine.

jueves, 17 de junio de 2010

La persecución del islam en el mundo

A principios del siglo XXI los musulmanes son perseguidos a lo largo del planeta, en muchos casos tan sólo por tratar de vivir libremente según sus leyes y creencias.

Imagen de un pogromo anti-musulmán en Gujarat, India
Imagen de un pogromo anti-musulmán en Gujarat, India
A principios del siglo XXI numerosos grupos musulmanes sufren sangrientas persecuciones a lo largo del planeta, por causas que oscilan entre lo étnico y lo religioso, pero con motivaciones económicas de fondo. Al margen de sus valores intrínsecos como religión, el islam tiene asignado un determinado papel en la situación política internacional. La demonización del islam y la llamada “guerra contra el terrorismo” son componentes de la globalización corporativa y el Nuevo Orden Mundial, una nueva forma de colonialismo y de expansionismo occidental, con el objetivo de apoderarse de los recursos energéticos. La Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial son los brazos seculares de dicho expansionismo. 

A principios del siglo XXI los musulmanes son perseguidos a lo largo del planeta, en muchos casos tan sólo por tratar de vivir libremente según sus leyes y creencias. Esta persecución va desde la represión más violenta hasta simples discriminaciones, y varía según las circunstancias y los intereses geoestratégicos de cada zona. Sería arduo referirse a todos los conflictos donde los musulmanes luchan por sus derechos, a veces en situaciones de gran precariedad material, frente a ejércitos profesionales armados por las potencias de occidente. Esto hizo decir a Samuel Huntington en su Choque de civilizaciones que “las fronteras del islam están teñidas de sangre”. El analista del Departamento de Estado Norteamericano se refiere a los conflictos de Cachemira, Bosnia, Chechenia o Mindanao. Según él, estos conflictos muestran el carácter violento del islam, a pesar de que en todos estos casos los musulmanes son los agredidos. Los musulmanes de Bosnia sufrieron una invasión militar y fueron sometidos a una política de limpieza étnica por parte de Serbia. Matanzas y campos de exterminio donde eran recluidos cientos de hombres y mujeres por el simple hecho de ser musulmanes/as, donde los hombres eran torturados insistentemente y las mujeres violadas en masa y maltratadas con toda impunidad. Una vez más, se culpa a la víctima por la barbarie de los agresores (y en todos estos casos, se trata de países de mayoría cristiana).

Chechenia
Una situación trágica que continúa es la de Chechenia. Para comprender la inmensa tragedia de este pueblo hay que remontarse al 1944:

El 23 de febrero de 1944, Stalin ordenó la deportación de toda la población chechena e ingush a Asia Central. Más de la mitad de las 500.000 personas que fueron trasladadas a la fuerza murieron en el camino o en las masacres cometidas por las tropas soviéticas. Los chechenos fueron esparcidos en grandes colonias penales, situadas en lugares remotos de las actuales Kazajistán, Uzbekistán y Kirguizistán. En los años siguientes miles murieron de neumonía y hambre. En 1956, Nikita Kruschev reconoció los errores cometidos con los chechenos y se inició el retorno. Los chechenos a menudo se llevaron con ellos los huesos de sus seres queridos para enterrarlos en sus ancestrales cementerios. Pero sus vidas realmente nunca volvieron a ser lo que eran. Muchos de los antiguos Auls de la montaña estaban en ruinas y no estaban habitables, lo que obligó a la mayoría de los chechenos vivir en las llanuras, y a alterar irrevocablemente sus costumbres. Además, la pérdida masiva de vidas entre los ancianos rompió una rica tradición oral mantenida durante siglos, causando un grave daño a la cultura chechena.

En 2004, sesenta años después, el Parlamento Europeo aprobó una moción que reconocía esta catástrofe como un genocidio, declarando el 23 de febrero como Día Mundial de Chechenia. Y sin embargo, la tragedia continúa. Tras la desmembración de la Unión Soviética, los chechenos proclamaron su independencia de Moscú, un sueño que no se ha hecho realidad. Rusia invadió Chechenia, a causa de su importancia estratégica en el plan para los grandes gaseoductos del Asia Central. Durante el conflicto armado, se calcula que murieron unos 250.000 chechenos, una cuarta parte de la población. Entre ellos, 42.000 niños en edad escolar, menores de 11 años. También aquí se trata de demonizar la resistencia de los chechenos a su destrucción, olvidando su historia de sufrimientos y sus derechos como pueblo, y presentando sin contextualizar acciones terroristas deleznables, pero que no llegan ni a la ínfima parte de lo que los chechenios han sufrido como pueblo.

Mindanao

La situación de los musulmanes en Mindanao es una vez más una herencia de la colonización. La incorporación de Mindanao a Filipinas es un hecho artificial, que se deriva de la derrota de los españoles, quienes cedieron la isla a los EEUU. Los primeros contactos del islam con Mindanao se produjeron en una época tan temprana como el siglo X, a través de comerciantes musulmanes. Pero no será hasta el siglo XIV cuando se inicia un proceso de islamización, que dio paso a la creación de los sultanatos locales de Sulu y de Maguindanao. Se habla, una vez más, de un “islam sincrético” con tradiciones locales (ritos de paso y celebraciones propias), apegado a la tierra y alejado de modelos rigoristas. La islamización se vio frenada por la ocupación española (1565-1898), con un proyecto de evangelización agresiva y de persecución de las creencias musulmanas que duró varios siglos, en los cuales la población musulmana (llamados moros) fue reduciéndose drásticamente, a causa tanto de las muertes como de las emigraciones. Mindanao nunca fue totalmente ocupada por los españoles, quienes a pesar de ello la cedieron a los norteamericanos en el Tratado de París. La denuncia de este proceso está en la base de la demanda de independencia para Mindanao, una isla que fue autónoma hasta la unificación forzosa realizada por los colonizadores. Como resultado de la dominación norteamericana (a partir de 1896), se fomentaron las conversiones al cristianismo y se creó una clase dirigente cristiana, desplazando a los Moros a la marginalidad. La resistencia islámica a estas dominaciones los convirtió en enemigos del Estado creado por los colonizadores.
El Estado filipino independiente fomentó la colonización masiva de Mindanao por parte de las tribus del norte, leales al régimen, especialmente tras la segunda guerra mundial. Se hicieron concesiones de tierra y se ofrecieron amplias ventajas a los colonos, como un instrumento de ocupación y de erosión de la resistencia al dominio filipino, dando paso al conflicto actual por la disputa de la tierra. Los descendientes de estos colonos constituyen hoy la población mayoritaria de Mindanao. A la cuestión territorial y religiosa se une la existencia de diferentes tribus, con su idiosincrasia y su lenguaje. Desde los años 70 del siglo pasado existe una creciente conciencia de la islamicidad como hecho diferencial, frente al control por parte del ejército (ley marcial de 1972). Diferentes guerrillas musulmanas lucharon por la auto-determinación del Bangsmoro o Nación Musulmana en Mindanao. El año 1996 se firmó un acuerdo de paz que todavía está en proceso de ser completado. El Frente Moro Islámico de Liberación y el Frente Moro de Liberación Nacional trabajan por el reconocimiento de los derechos históricos y de la cultura de los Moros y de los Lumadnon (tribus nativas no musulmanas), convertidas hoy en “culturas minoritarias”. Actualmente, se calcula que tan solo el 5% de los filipinos son musulmanes, unos 4 millones de personas. La mitad de ellos viven en la llamada Región Autónoma del Mindanao Musulmán, creada tras un referéndum en la única región del archipiélago donde los musulmanes son la población mayoritaria, hasta el 90%. Los musulmanes de Mindanao tienen su propia historia, sus lenguas, sus tradiciones y referencias culturales, y luchan por su preservación.

Tailandia

Existen otros países —como China, Tailandia o Birmania—, donde se viven situaciones de persecución abierta del islam y falta de reconocimiento de los derechos de los musulmanes. Muchos de estos conflictos son el resultado de las fronteras arbitrarias legadas por la colonización, y de las dificultades de encajar una zona étnica, cultural y religiosamente muy diversa en un modelo de Estado-nación occidental.

En Pattani, al sur de Tailandia, se ha tratado durante años de imponer el budismo (un budismo concebido como religión de Estado, no el enseñado por el profeta Buda, que la paz y las bendiciones de Al-lâh sean sobre él) por la fuerza. Los enfrentamientos entre grupos separatistas y el ejército tailandés han sido constantes desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Durante años, se prohibió todo signo externo que pudiese pasar por islámico, como llevar barba, el uso de turbantes o el hiyab. Se prohibieron las escuelas coránicas y los dialectos propios (de origen malayo), en los cuales está escrita la literatura de los musulmanes de Pattani. A pesar de siglos de dominio militar e imposición cultural tailandesa, los habitantes de Pattani permanecen fieles a sus tradiciones. Al igual que sucede con el budismo tailandés, estas aparecen muy imbricadas con prácticas animistas. En los años ochenta se calcula que había más de 2000 mezquitas en las 38 provincias tailandesas, la inmensa mayoría de ellas en el sur. Los musulmanes tailandeses son mayoritariamente de etnias malayas, pero también proceden de Pakistán, China, Camboya, en el norte. En mayo del 2004, cuando murieron más de cien jóvenes musulmanes que protestaban por la represión de sus creencias. Los jóvenes, en su mayoría adolescentes, se refugiaron en la histórica mezquita de Krue Se, construida en el siglo XVI, que fue tiroteada por el ejército de ocupación con fuego de ametralladoras y mortero. Según la “prensa libre”, se trataba de fundamentalistas islámicos que habían asaltado un arsenal de armas. Sin embargo, tal y como narró el corresponsal de The Angeles Times, entre las víctimas de la masacre (la mayoría adolescentes) no se encontraron más que machetes y pistolas.

India

La situación de los musulmanes es trágica en muchas zonas de la India. En este gigantesco país se calcula que viven 150 millones de musulmanes, entre ellos decenas de millones de niños no contabilizados por el censo. Superan el 15% de la totalidad de la población, y la inmensa mayoría se ha quedado en la cuneta del despegue económico que experimentó el país en el último lustro. Si el atraso es palpable en el campo, en las ciudades la marginación de los musulmanes se hace más lacerante. Viven amontonados entre montañas de basura de barrios semiderruidos o nunca acabados de construir, sin apenas servicios públicos.

Al dividirse India y Pakistán, el porcentaje de musulmanes que quedó bajo control de Nueva Delhi apenas llegaba al 12% de la población, pero ahora se acerca al 15%. En el distrito de Rampur (40 % de población musulmana), la media de las familias es de cinco hijos. Los niños suelen ir a la escuela hasta los 9 o 10 años, cuando muchos la abandonan para trabajar. Las niñas a esa edad hace ya tiempo que se dedican a cuidar a sus hermanos menores, mientras la madre trabaja en el campo. Pocas son las que acuden a la escuela. El analfabetismo entre musulmanes dobla al de los hindúes, y en zonas rurales supera el 60%.

Hablamos de la construcción de los Estados-nación modernos. Este problema es especialmente dramático en países del llamado tercer mundo, donde no existían hasta la colonización unas estructuras de Estado centrales a través de las cuales construir esa “nación homogénea y gobernable”. En esta tesitura, el Partido fundamentalista hindú BNJ representa un intento de cohesión social bajo la bandera de la religión, una de las más peligrosas en un contexto tradicionalmente abierto, plural, abigarrado. Este intento de homogenización lo sufren especialmente los musulmanes. La construcción de la historia nacional los excluye. Se habla del islam como de una religión extranjera, presente en el subcontinente asiático a raíz de feroces invasiones. El hinduismo es presentado como la religión autóctona, lo propio de los indios. Los musulmanes son, por tanto, unos renegados. Este tipo de planteamientos están presentes en muchos otros países del mundo. En España, sin ir más lejos, se ha tratado de construir una historia nacional en oposición al islam, tratando de inculcar a generaciones la absurda idea de que los musulmanes españoles entre los siglos VII y XVI eran todos árabes y extranjeros.

En los últimos años, la violencia contra los musulmanes ha estallado con una crueldad a veces increíble. Turbas de fundamentalistas hindús asesinando a hombres, mujeres y niños, en pogromos perfectamente calculados desde las instancias del poder. Un caso extremo fue la matanza de Gujarat. El año 2001, fueron asesinados más de dos mil musulmanes, y ciento cincuenta mil musulmanes tuvieron que huir, abandonando sus hogares, sus tierras ancestrales. El escritor indio Arundhati Roy definió lo sucedido del siguiente modo:

“El pasado marzo [del 2001], en la India, en Gujarat, turbas hinduistas de la derecha asesinaron a dos mil musulmanes en una orgía de violencia, haciendo gala de una destreza espeluznante. Tras violar de forma multitudinaria a las mujeres, las quemaron vivas. Arrasaron tumbas y altares musulmanes. Más de ciento cincuenta mil musulmanes han tenido que abandonar sus hogares. La base económica de la comunidad fue destruida. Informes de testigos y de comisiones investigadoras acusaron al gobierno estatal y a la policía de colusión con los actos de violencia. Yo estuve presente en una reunión donde un grupo de víctimas clamaba: Por favor, ¡sálvenos de la policía! Es todo lo que pedimos...”

Cachemira

Cachemira es una de las regiones más ricas del mundo, donde se encuentran grandes yacimientos de oro, esmeraldas y rubíes, localizada en una zona montañosa entre el Himalaya y la cordillera de Pin Panjal. El conflicto se inició en 1947, cuando el marajá de Cachemira, Hari Singh, un gobernante hindú apoyado por los británicos en un Estado con un 90% de población musulmana, decidió arbitrariamente la incorporación de su territorio a la India, para impedir el triunfo de los movimientos populares a favor de la anexión a Pakistán. Desde entonces, tanto Pakistán como la ONU han exigido en varias ocasiones un referéndum sobre el estatuto de Cachemira, nunca celebrado. La negativa India fue el detonante de una primera guerra, entre 1947 y 1948. En 1965 hubo una segunda secuencia de fuertes enfrentamientos. En 1971 se produjo la guerra que llevó a la independencia de Bangladesh. Tras casi tres décadas de frecuentes escaramuzas comenzó la escalada nuclear.

Pero no se trata tan solo de un asunto entre Estados por apoderarse de una rica tierra: al margen de los partidos indio y pakistaní, en Cachemira se ha desarrollado un fuerte movimiento separatista autóctono. Los grupos de liberación que operan en Cachemira se dividen en dos grandes tendencias: la favorable a la independencia de Cachemira y a la unificación de las zonas que están actualmente en poder de la India y de Pakistán, y la que busca una unión a Pakistán de la Cachemira India. El problema no puede tener otra solución satisfactoria que una consulta democrática sobre la autodeterminación.
La situación de violencia continua se ceba sobre los civiles. Según Human Rights Watch (HRW), en las zonas de Cachemira controladas por la India, se producen habituales violaciones a los derechos humanos, tanto por parte de los rebeldes que luchan por la independencia, como por parte de las fuerzas de seguridad indias y sus grupos paramilitares. Las acusaciones son concretas, e incluyen casos documentados de ejecuciones sumarias, violaciones, tortura y desapariciones.

El 90 % de la población de Cachemira, de 4 millones de habitantes, es musulmana. Para controlarles, se ha establecido un contingente permanente de 700.000 soldados indios. Entre 1990 y 1999, fueron asesinados en “operaciones de limpieza” 65.000 cachemires, incluyendo mujeres y niños. Una media de 20 personas mueren diariamente y hospitales y escuelas han sido bombardeados.

A principios de los años 90, la persecución de musulmanes se recrudeció; el gobierno indio emprendió una brutal política de “hiduización” de Cachemira, acompañada de una represión despiadada contra la población: cierre de los centros de educación islámicos, encarcelamientos masivos, incendio de viviendas, prohibición de los medios de comunicación de orientación musulmana, etc. En Octubre de 1993, en Srinagar, capital de Cachemira, se realizó una operación terrorista a gran escala para eliminar a supuestos activistas musulmanes radicales. Durante la celebración del Namaz (plegaria de los Viernes), se puso cerco a todos los que estaban reunidos en la mezquita de Hazrabtal, ya que las autoridades consideraban esta mezquita como cuartel general de los extremistas musulmanes. El asedio se mantuvo durante un mes y como resultado del mismo, alrededor de 100 personas fueron asesinadas y otras 300 fueron enviadas a prisión sin ningún cargo. Al clima de violencia generalizada contribuye el discurso oficial de las autoridades indias. El Ministro Farooq Abdullah declaró públicamente que las áreas en las que existe presencia islamista deben ser “saneadas”. Para que no queden dudas, el 15 de enero del año 2003 explicó que se debe matar a los islamistas “ya que no hay espacio suficiente en las cárceles”.

Palestina

El caso de Palestina es uno de los casos más flagrantes de genocidio en marcha en estos momentos en el mundo. Asistimos a la colonización, subordinación y guetización de los habitantes de un país, con la intención de desplazarlos y ocupar su territorio. La ideología en la cual se apoya esta política es conocida: una forma extrema de nacionalismo que combina lo racial con lo religioso: el sionismo. El conflicto palestino-israelí es político antes que religioso. Tiene que ver con la pervivencia del colonialismo y con políticas de Estado. Para comprender la naturaleza de Israel, varios modelos similares pueden mencionarse: la España inquisitorial, la colonización americana y el exterminio de los indios, el apartheid sudáfricano, además del caso de la Alemania nazi, tantas veces evocado para describir la situación de Palestina. La principal diferencia es que el caso de la limpieza étnica en Palestina está teniendo lugar en el siglo XXI, a los ojos del mundo entero, en la era de las telecomunicaciones, y en un período en el cual ya casi nadie evoca el derecho de los occidentales a colonizar (y mucho menos a exterminar) a los salvajes. Todo lo contrario: en un tiempo histórico en el cual a los mismos políticos que permiten el genocidio se les llena la boca con el discurso de los derechos humanos, la democracia, la libertad, la modernidad occidental, como panaceas universales que deben ser impuestas. Es más: para realizar el genocidio cuenta con el apoyo incondicional de los EEUU, que se manifiesta tanto a nivel político (bloqueo de resoluciones en el Consejo de Seguridad de la ONU) como en ayuda económica, que según un informe del Congressional Research Service ha alcanzado en la década 2000-2010 la increíble cifra de 28,9 billones de dólares, utilizados por Israel para reforzar su poderío militar. Y cuenta con el apoyo masivo de los medios de comunicación y de centenares de mercenarios de la pluma, que se hacen pasar por analistas políticos y justifican abiertamente los crímenes más abominables ante las opiniones públicas occidentales.

Aunque el inicio de la colonización se dio bajo el amparo del mandato británico, el inicio de la limpieza étnica en Palestina puede fecharse en el año 1948, el año de la Nakba (catástrofe). Tras la independencia, y ante la resistencia de los palestinos, Israel mató a 13.000 palestinos y forzó el éxodo de otros 750.000 de sus ciudades y de sus pueblos. Cerca de 400 pueblos palestinos fueron arrasados. La ONU adoptó la Resolución 194 donde pide a Israel que permita el retorno de los refugiados. Seis décadas después, Israel sigue ignorando la resolución. Los expatriados se han convertido ya en cuatro millones. El segundo gran momento de expansión fue el año 1967, durante la guerra de los Seis Días, con la ocupación israelí del resto de la Palestina histórica (Cisjordania, Gaza, Jerusalén-Este), el Sinaí egipcio y el Golán sirio. La Resolución 242 de Naciones Unidas exigió la retirada de las tropas israelíes de los territorios ocupados. Israel ha ignorado la resolución, con la implantación de un sistema de control militar cada vez más violento en los territorios ocupados. Desde entonces, la ONU ha ido condenando a Israel, resolución tras resolución, sin que esto afectase en lo más mínimo al desarrollo de sus planes. La política israelí ha sido la de colonizar las tierras palestinas mediante asentamientos ilegales ferozmente armados, con licencia para matar, sitiando a los legítimos habitantes en guetos, destruyendo sus casas para crear asentamientos de colonos y ahogándolos día tras día para forzar su exilio. Cualquier atisbo de resistencia es calificado como “terrorismo” y es aprovechado para realizar castigos colectivos sobre la población civil.

Israel es un Estado no-democrático sino etno-crático, regido por leyes étnicas que otorgan precedencia a los judíos en todos los ámbitos, un Estado racista creado al amparo del colonialismo. Los dirigentes israelíes están llevando a cabo su plan de genocidio de forma sistemática desde su fundación, con total impunidad. Las atrocidades cometidas por Israel en los últimos 60 años sobrepasan lo imaginable. El objetivo último del Estado israelí es expulsar al pueblo palestino de su tierra y construir el Gran Israel, una utopía política fascista. De hecho, los propios líderes israelíes no han ocultado su proyecto: “Tenemos que expulsar a los árabes y ocupar su lugar” (David Ben Gurión); “La partición de Palestina no es justa. Nunca la aceptaremos. Eretz Israel será restituido al pueblo de Israel. Todo él y para siempre” (Menahem Beguin); “No existe nada que se pueda considerar un Estado palestino. Nosotros podemos llegar, echarlos y ocupar el país” (Golda Meir); “No puede haber sionismo, colonización ni Estado judío sin la expulsión de los árabes y la expropiación de sus tierras” (Ariel Sharon a la Agencia France Press, el 15 de noviembre de 1998); “He creído siempre en el eterno e histórico derecho de nuestro pueblo a toda esta tierra” (Ehud Olmert, ante al Congreso de Estados Unidos el 30 de junio de 2006).

Las últimas matanzas perpetradas por Israel se fechan en los años 2006 (bombardeo del Líbano) y en el 2009 (bombardeo del gueto de Gaza). Las autoridades israelíes hablan de “guerra contra Hezbollah” y “guerra contra Hamas”, pero en realidad no hay ninguna guerra, sino la continuación de una política iniciada mucho antes de que Hamas o Hezbollah existieran. Hamas y Hezbollah son calificados como grupos terroristas, tan solo por oponerse al genocidio de sus pueblos. La resistencia armada ha sido convertida por Israel en la única opción posible, de forma perfectamente calculada. Lo que quiere Israel es que haya atentados y una resistencia que se llame a si misma “islámica”, aprovechándose de la islamofobia dominante en occidente para justificar ante la opinión pública occidental (especialmente en los EEUU) la continuación del genocidio. Estos planes son básicamente los mismos desde antes de la existencia de Hamas y Hezbollah. Esta es la lógica del opresor: oprímeles hasta lo insoportable, mata a unos cuantos niños para que otros padres y madres lleguen a la conclusión de que es mejor marcharse o se decanten por la lucha armada, de forma que se pueda seguir matando impunemente, con la excusa del “derecho de Israel a defenderse”. Y mientras, se continúa con la repoblación de territorios con colonos étnicamente puros, lo cual implica traer extranjeros judíos de todo el mundo para ocupar las tierras de los palestinos desplazados.

Toda la política de Israel desde su fundación ha girado entre dos posibilidades: o la expulsión en masa de los palestinos o su concentración en guetos, reservas tribales. Y ha ido moviéndose de un polo al otro según las ocasiones, según los vaivenes de la política internacional. En los intermedios, como táctica de distracción, se emprenden “negociaciones de paz”, como un modo de dar tiempo a la política de hechos consumados. Pero Israel nunca ha querido la paz, ya que la guerra le ofrece el único marco posible para ejecutar sus planes. Cuando se habla de “negociaciones de paz”, se pasa por alto la naturaleza de Israel: se trata de un Estado étnico-religioso en el cual los no-judíos no tienen los mismos derechos que el resto, y son sujetos a todo tipo de arbitrariedades.

A pesar de que existen otros conflictos incluso más graves (Congo o Birmania, por ejemplo), la causa palestina está en el centro de la política internacional. Ha generado una simpatía en todo el mundo, incluidos judíos partidarios de los derechos humanos, que consideran como una infamia la manipulación que el Estado de Israel hace de su tradición milenaria, y que han dejado claro que Israel no es solo la antítesis del judaísmo, sino su peor enemigo actualmente. El Estado de Israel es una afrenta a todos los judíos perseguidos a lo largo de la historia, una afrenta a sus tradiciones y a sus sabios, a sus gentes y a su legado milenario. La causa palestina es hoy considerada en los cinco continentes como la causa de la humanidad, de los derechos humanos, de la supervivencia del hombre en tanto criatura solidaria, de todos aquellos que siguen pensando que los seres humanos pueden reunirse en torno a valores compartidos, más allá de la religión o de la raza, y fundar comunidades respetuosas con la diferencia. Todos somos palestinos.

Birmania

Tal vez el caso más trágico que padecen los musulmanes en el mundo actual sea el de Birmania (o Myanmar). El islam está presente en Birmania desde el siglo IX, a causa de la llegada de mercaderes, marinos y otros viajeros, venidos especialmente del subcontinente indio, pero también de Persia y de Anatolia. A lo largo de los siglos se han ido mezclando con las poblaciones locales, creando una cultura específica, claramente diferenciada de otras poblaciones musulmanas de Asia. A consecuencia del terror inherente a la colonización británica se produjeron desplazamientos masivos de población desde la India a algunas zonas de Birmania, donde los musulmanes son mayoritarios.
Desde el golpe de Estado de 1988 la situación de los derechos de estos colectivos es crítica. Organizaciones internacionales denuncian la práctica habitual de asesinatos extrajudiciales, la tortura, las relocaciones forzadas de poblaciones enteras, la confiscación de tierras, la destrucción de viviendas, los trabajos forzados, el tráfico de seres humanos y la persecución de toda oposición a la Junta Militar gobernante. Las comunidades musulmanas y cristianas han sufrido todos estos abusos, además de otros específicamente anti-religiosos, debidas a que el Estado considera la etnia birmana y la religión budista como elementos vertebradores de la identidad nacional. Una vez más nos situamos ante una manipulación de la religión, utilizada como signo de una identidad nacional refractaria al pluralismo.
Musulmanes y cristianos se enfrenten a graves dificultades a la hora de practicar su religión. La adscripción religiosa de los ciudadanos figura en la carta oficial de identidad, que éstos están obligados a llevar permanentemente. La literatura racista y difamatoria contra el cristianismo y el islam es distribuida ampliamente. La presencia de musulmanes es presentada reiteradamente como una amenaza para la supremacía del budismo y de la raza birmana. En los últimos años han sido documentados casos de asesinatos de líderes religiosos, confiscación de escuelas coránicas y destrucción de templos. Estos crímenes son tolerados e incluso realizados por el propio Ejército. Existe una fuerte censura y restricciones a la edición o entrada en el país de literatura religiosa no budista, hasta el punto de que está prohibida la traducción de la Biblia a las lenguas locales. Resulta muy difícil conseguir permisos para realizar la peregrinación a Meka.

Existen zonas donde se prohíbe la construcción de mezquitas, e incluso se deniega el permiso a reparar las mezquitas existentes. En algunas zonas, los musulmanes son forzados a pagar impuestos especiales, que son destinados a la construcción de pagodas budistas. En ocasiones, éstas son levantadas mediante el trabajo forzado de los propios musulmanes, al lado de las mezquitas en estado ruinoso, y eso en poblaciones sin apenas presencia de población budista. Desde 1983 algunos pueblos han sido declarados como “zonas libres de musulmanes”, y en otros se ha prohibido la ubicación de nuevos residentes musulmanes.
Al margen de la política del Estado, se repiten los pogromos anti-musulmanes. El año 1997 monjes budistas asaltaron una mezquita, armados con palos, y realizaron destrozos de consideración. El 2001 en Taungoo, cerca de 20 musulmanes que rezaban en la mezquita de Ha Tha fueron asesinados. La mezquita fue demolida a petición de monjes budistas locales, en retaliación por la destrucción de los Budas de Bamiyan, en el Afganistán de los talibanes. En casos como este, los musulmanes denuncian la pasividad del ejército, que solo aparece tras dos o tres días de violencia.

La situación se agrava en los distritos de Shan y de Arakan, donde viven importantes poblaciones musulmanas. Los musulmanes de etnia Rohingya, en el distrito de Arakan, no comparten los dos elementos principales de la ideología del Estado: la religión budista y la etnia birmana. El Estado les niega la ciudadanía, lo cual implica restricciones a la libertad de movimiento, la prohibición de realizar determinadas actividades económicas, y la denegación del acceso a servicios públicos básicos, incluidos sanitarios y educativos. El ejército ha realizado confiscaciones masivas de tierras, quemas de pueblos, destrucción de mezquitas, relocaciones forzadas de poblaciones y violaciones sistemáticas. Existen sectores de la población sometidos a trabajos forzados en granjas del Estado, bajo la custodia del Ejército. Estas prácticas han provocado el éxodo de miles de personas, 250.000 de los cuales malviven en campos de refugiados en la frontera con Bangla Desh, mientras unos 110.000 lo hacen en la frontera con Tailandia. La inmensa mayoría de estos refugiados son musulmanes.

Musulmanes contra musulmanes

Hay que mencionar las persecuciones sufridas por musulmanes/as en países de mayoría musulmana, tales como Sudán, Marruecos, Uzbekistán o Turquía.
Uzbekistán es un caso típico de Estado con mayoría de población musulmana donde el islam es cruentamente perseguido. Por supuesto, no se puede encarcelar a todos los musulmanes en un país con el 80 % de población musulmana, pero la represión hacia todas las manifestaciones islámicas que se consideran fuera del “islam oficial” es rigurosa. Existen leyes que establecen horarios estrictos para la asistencia a las mezquitas, y que prohíben cualquier reunión de carácter islámico “fuera de programa”. La descripción de la represión realizada por Steve Crawshaw, director en Londres de Human Rigths Watch, es muy gráfica:

“La policía en Uzbekistán lleva a cabo descargas eléctricas, palizas y violaciones con el fin de lograr ‘confesiones’ de los detenidos. Los miembros de los servicios de seguridad asfixian a los detenidos con bolsas de plástico, les hacen respirar cloro y les cuelgan de sus muñecas o tobillos en las celdas. El pasado año, unos médicos extranjeros descubrieron que el cuerpo de un preso, que había muerto en custodia, había sido sumergido en agua hirviendo. Sus manos no tenían uñas. Éste es el estilo del régimen de Karimov”.

Esta brutal represión tiene lugar con la complacencia del gobierno de EEUU y otros países occidentales, que han estado ayudando económicamente al régimen, reforzando su ejército en nombre de la “lucha contra el terrorismo”. El régimen recibió 500 millones de dólares de ayudas económicas el año 2003. En un documento dado a conocer en mayo del 2004, el Departamento de Estado de EEUU señalaba que Uzbekistán estaba haciendo “sustanciales y continuados progresos” en lo referente a los estándares sobre derechos humanos y la democracia.

Tal vez el caso más extremo de represión y violencia del islam ejercida por otros (supuestos) musulmanes se está viviendo en Sudán, en la región de Darfur. Las milicias árabes llamados janjaweed irrumpen en las aldeas incendiando casas y matando a todos aquellos que se les oponen. En un informe elaborado por Human Rights Watch se documenta la destrucción de mezquitas, el asesinado de imames y líderes religiosos y la profanación de ejemplares del generoso Corán (aunque resulta difícil de creer, se cagan sobre ellos). En una escuela, los janjaweed violaron a 41 alumnas delante de sus padres. Se habla de ejecuciones sumarias, incendios de pueblos y de aldeas, de la hégira forzada de cientos de miles de personas ante la connivencia del ejército.

Islamofobia

Dentro de la creciente persecución del islam en el mundo hay que situar el auge de la islamofobia, la demonización del islam y el acoso en el que viven las comunidades musulmanas en occidente, en el marco de la llamada “guerra contra el terrorismo”. Sucesivos informes de la ONU, la UE y la OSCE vienen alertando sobre el auge de la islamofobia en occidente.
No podemos obviar que la islamofobia ocupa un lugar destacado en la política contemporánea. No se trata tan sólo del rechazo irracional de un sector de la población, sino de una fobia social inducida desde determinados centros de poder para justificar la suspensión del habeas corpus y el mayor control de los individuos por parte del Estado. La demonización de los musulmanes es parte fundamental de la geopolítica energética de Occidente, y se sitúa entre los mecanismos económicos y políticos que caracterizan el Nuevo Orden Mundial. Existe además una conexión entre la islamofobia y la ocupación israelí de Palestina, actuando la demonización del islam como ideología legitimadora de la colonización y la represión sin límites de la resistencia palestina. Se trata de la ideología marco mediante la cual se genera consentimiento respecto a actuaciones militares (a nivel global) y policiales (a nivel local) que en una situación normal no serían aceptadas.

Esta dimensión ideológica goza hoy en día de gran aceptación en círculos académicos y políticos, y se sitúa en consonancia con las políticas neoliberales de la globalización corporativa. La dimensión ideológica de la islamofobia la vincula con el orientalismo y con el antisemitismo clásico europeo. La islamofobia es un fenómeno con una larga historia, pudiéndose trazar una continuidad desde la Edad Media hasta nuestros días. La demonización del Islam como una religión opuesta a los valores de la cristiandad occidental fue forjada en un momento en el cual los diferentes países (en el contexto de la emergencia del Estado-nación) se configuraban en relación con una religión determinada. Es en algunos sectores del mundo académico y universitario donde se forjan y se mantienen en pie algunos de los mitos más divulgados sobre el Islam.

La aceptación e incluso respetabilidad de la islamofobia en amplios sectores del mundo intelectual y académico occidental resulta significativa, y la diferencia de otras formas de rechazo hacia otros colectivos. Es inimaginable hoy en día encontrar discursos racistas contra negros, judíos o gitanos entre la intelectualidad europea, y sin embargo se constata que numerosos intelectuales aceptan de forma acrítica todos los estereotipos característicos del discurso islamófobo.
Todo ello conduce a las crecientes dificultades que los musulmanes tienen a la hora de practicar su religión (abrir mezquitas, ser enterrados según sus ritos, acceso a la alimentación halal, enseñar su religión, etc.), así como a los cada vez más numerosos casos de ataques a mezquitas, profanación de cementerios y violencia física contra individuos. La islamofobia justifica ante la opinión pública la ausencia de derechos de los musulmanes y los miles de encarcelados sin cargos presos en cárceles de los EEUU, de Francia, de España, de Inglaterra... En todos estos países se reproduce la farsa de las detenciones arbitrarias de supuestas células terroristas, mediante la cual se trata de mostrar a la opinión pública la eficacia de los servicios de seguridad, dar ‘realidad’ a la amenaza terrorista y justificar políticas securitarias frente a las políticas sociales.

Guerra contra el terrorismo

En paralelo al crecimiento de la islamofobia se sitúa la construcción del “terrorismo islámico”, como instrumento del imperio. No nos detendremos en este tema, pues es suficientemente conocido. Bajo el paraguas mediático de la “guerra contra el terrorismo” se esconden intereses financieros y de geo-estrategia internacional. Más allá de si atentados como el 11-S son obra de “yihadistas musulmanes” o de auto-atentados, no cabe duda de que sirven a los intereses de las grandes multinacionales de occidente. Por un lado, justifican intervenciones militares y apoyo a dictaduras, que garantizan el control de las economías y del petróleo y el gas natural de los países musulmanes. Y por otro, sirve para deslegitimar a movimientos de resistencia, como los de Palestina, Chechenia, Cachemira o Mindanao. En estos y otros casos, los musulmanes sufren la ocupación violenta y la tiranía, y su lucha está plenamente legitimada por los convenios internacionales, incluida la propia Carta de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Se trata de movimientos de liberación idénticos a los movimientos anti-colonialistas del siglo XX. Piden elecciones libres, un referéndum controlado por observadores internacionales que decida su futuro. Sin embargo, la paranoia global sobre el peligro del islam y su carácter expansionista sirve para demonizar estos movimientos.

En todas partes donde existe un movimiento legítimo de liberación que choca contra los intereses de las multinacionales, aparece necesariamente el terrorismo, para justificar lo injustificable. La creación de estos grupos y la proliferación de acciones criminales contra la población civil constituyen la excusa perfecta para aplastarlos. Son calificados como “grupos terroristas”, para justificar el envío de tropas y apoyo financiero a regímenes corruptos. Se pretende cortar con la solidaridad tradicional de los musulmanes con los oprimidos. Al mismo tiempo, ofrece la excusa perfecta para aumentar el control policial sobre la población civil, llevando a cabo recortes en los derechos civiles de los ciudadanos. Estos son los que siempre pierden: quienes sufren la violencia terrorista a raíz de la cual se les recortan sus derechos. Para combatir el sentido igualitario del islam, se trata de crear “Estados-nación islámicos” que impongan el “islam moderado” (y muy reaccionario) que interesa a las multinacionales de occidente. Todo ello responde a una lógica perversa, la de los Estados totalitarios que se amparan indistintamente (e incluso alternativamente) en el islam o en los derechos humanos y la democracia, siempre como cobertura de los intereses de las grandes multinacionales.

La destrucción y colonización de Irak y Afganistán se sitúan dentro de esta lógica perversa. Como antaño se utilizaba el discurso de la evangelización de los infieles, hoy en día se apela a su democratización. Tal y como dijo Nietzsche sobre las Cruzadas, se trata tan solo de "piratería a gran escala". Occidente no ha cambiado tanto, al fin y al cabo.